El sol brillaba con fuerza mientras Luis se entretenía vareando olivos. El joven alcalaíno golpeó las ramas de uno de los árboles con desgana y recogió las uvas que se habían caído al suelo. Se acarició la frente perlada de sudor mezclada con suciedad, se sentó bajo la sombra del árbol para descansar un poco antes de continuar. Parecía muy a gusto, tanto que, poco a poco, fue cerrando los ojos y se quedó profundamente dormido.
El ambiente había enrarecido, nubes oscuras se abalanzaron sobre todo el campo, apagando aquella claridad primaveral. El muchacho se despertó al notar un repentino aire frío que empezaba a helarle la punta de la nariz y de las orejas. Se frotó enérgicamente los brazos en busca de calidez, sin embargo solo le sirvió para descubrir que las yemas de los dedos ya no eran capaces de percibir el tacto. No comprendía como de un día tan caluroso había pasado a un día típico de enero. Echó un vistazo a su alrededor, todo cuanto veía había cambiado a una tonalidad morada.
Se levantó y dispuesto a coger el cesto en el cual había guardado las uvas que había recogido, se quedó petrificado al oír un ruido extraño. Lo cierto es que Luis lo único en lo que estaba pensando era guardar lo recogido y entrar cálida casa, no obstante, otra idea le invadió, alguien podría haberse colado en sus terrenos para robar, aprovechando la ausencia de su padre y sabiendo que él haría más bien poco.
A simple vista parecía el campo tranquilo, prestó un momento de atención por si oía algún otro ruido. No oyó nada más, sin embargo no se quedó tranquilo. Llevó el recipiente de uvas junto con las demás y decidió darse una vuelta por el terreno, a fin de buscar algún indicio de que alguien o algún animal hubiesen entrado.
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17 de diciembre de 2017
26 de octubre de 2017
Criaturas y leyendas - El hombre lobo de Bedburg
En aquella noche el odio y el miedo se entremezclaban en la
iglesia del pequeño pueblo alemán de Bedburg. Peter Stumpp, el acusado, inclinó
la cabeza hacia atrás y olisqueó el aire.
-Señor Stumpp, ha matado a decenas de víctimas. Muchas de
ellas eran niños pequeños. ¡¿Cómo ha sido capaz?! -
Peter no cambió la expresión de su rostro - ¿Por qué piensa
que fui yo?-
Antes de que el sacerdote pudiera continuar, se levantó uno
de los aldeanos y encendido empezó a vociferar - ¡Sabemos lo que eres! ¡Eres un
asesino!-
-¡Schneider, guarde silencio!- ordenó el clérigo con una
fuerza atronadora. Cuando el señor Schneider volvió a su asiento, prosiguió –
Algunos de los que aquí nos encontramos hemos contemplado la escalofriante
escena que ha dejado en su casa. Ha despedazado a su propio hijo. Y no sólo a
él, hemos encontrado una trampilla en la que escondía restos humanos. Restos de
lo que antes fueron nuestros vecinos y amigos, nuestros hermanos y hermana,
madres e hijos.
Por toda la sala se desencadenó una oleada de llantos,
improperios e incluso de plegarias.
-¡Monstruo! – gritó de nuevo Schneider.
-¡Eres una abominación! – añadió el leñador del pueblo.
-Ahora confiese – continuó - ¿Por qué lo hizo?
-¿Por qué lo hice? No lo entenderíais.-
-No, no lo entendemos, es por eso que lo diga ante el pueblo
y ante Dios para ser juzgado- proclamó
el sacerdote
-Está bien, si así lo queréis. Sí, fui yo quien los mató, es
más, los devoré. Lo hice porque tenía hambre.
Se hizo el silencio, la multitud se quedaron pálidos y
mudos, parecían muertos en vida. Nadie atrevió a hablar, solamente se oía el
viento entrando por los agujeros del destartalado edificio.
Stumpp giró la cabeza e hizo un barrido general con la
mirada, entonces rompió aquel aterrador silencio – Como ya he dicho, no es por
diversión, es por necesidad. Tenía que alimentarme.
El viejo clérigo salió de su letargo mental - ¡Necesidad!
Nadie necesita comer la carne de su hermano.
-Yo sí. Recordáis hace veinte años cuando por poco muero por
culpa de aquella terrible fiebre, llevado casi a la locura anduve como pude al
interior del bosque y allí me encontré al Diablo.
25 de septiembre de 2016
Criaturas y leyendas - El devorador de sueños
La joven Yuki abrió los ojos en mitad de aquella noche, aún
se encontraba cansada del día anterior y le parecía extraño haberse despertado
de madrugada con el sueño tan profundo que suele tener de uno de tantos días
agotadores. ‘Volveré a dormirme’ se dijo a sí misma, pero le era del todo
imposible cerrar los ojos, es más, se dio cuenta de que tan siquiera parpadeaba. ‘¿Qué raro?’ Intentó
incorporarse en su cama con sábanas de tonos azulados, pero le fue del todo
imposible, ni las piernas ni los brazos le respondían, estaba totalmente
inmóvil. Como paralizada. ‘¡¿Qué me pasa?!’
Oyó un crujido y por el rabillo del ojo vislumbró una sombra
que cruzó la habitación fugazmente. Una figura oscura le oprimía el pecho, era
bastante pesado. Con dificultad bajó la mirada y al ver aquello su frente se
perló de ese sudor frío que sólo se produce cuando alguien está aterrorizado.
La
respiración empezó a agitarse, lo que provocó más presión en su torso debido
al vaivén de pecho. Si hubiese podido gritar, se hubiera quedado gritado hasta
quedarse afónica. Era un ser negro, de ojos amarillos y lengua viperina. Como
el ser cuyos cuentos le contaba, de pequeña, su abuela. Su abuela le contaba
que había un demonio que se colaba en habitaciones por las noches, paralizaban
a quienes allí dormían y succionaba su vigor hasta dejarlos sin un ápice de
vida.
Aquel ser se relamía y rasgaba con sus sucias garras el
pecho de la mujer, provocando unos sonidos sobrecogedores que pondrían la piel
de gallina a cualquiera. Al día siguiente sus padres encontraron horrorizados a
su hija, petrificada, sin vida y sus sábanas habían adquirido un color morado
fuerte, debido al rojo oscuro de su sangre
6 de marzo de 2016
Criaturas y leyendas - El Cortijo Jurado
Eran finales del siglo XIX, María estaba encerrada con llave
en una de las habitaciones del sótano. Tras horas de gritos sobrecogedores y de
llantos ahogados, tenía un dolor persistente en la garganta y las lágrimas que
le habían caído por su infantil rostro se habían secado, haciendo visible trazos
salinos, que partían desde sus ojos irritados. Sin embargo no
desistió en la tarea de pedir auxilio. Lo que ella desconocía que la hacienda
de sus captores estaba situada a varios kilómetros al este del núcleo urbano de
Málaga. Por lo que nadie más que los apresadores eran capaces de oír tanto
temor. El sufrimiento de la pequeña era música melodiosa para sus oídos, se
deleitaban con ello.
Por los pasillos de la casa resonaba un reloj de pie que daban
las once menos cuarto. Desde el otro lado, alguien empezó a trastear la
puerta. La chica se encogió en una de las esquinas de la habitación, de tal
forma que la cara era tapada por sus propias rodillas y una cascada de cabellos
color pardo. Ya no se oyeron más sonidos metálicos de la cerradura, la niña
apretó las rodillas contra su pecho e hizo un llanto sordo. Una silueta con una
túnica y una capucha del color de la noche se le acercó y la levantó con
brusquedad del brazo. La arrastró por un
pasillo hasta llegar a una amplia sala, aunque la chica se resistió, el
encapuchado, que parecía ser un hombre, poseía más fuerza que ella y eso sólo
le sirvió para que él le oprimiera más firmemente de la muñeca.
En la sala se encontraban cuatro encapuchados más, todos
dispuestos alrededor de un geométrico símbolo dibujado en el suelo. Cada uno de
ellos portaba un cirio oscuro encendido, que era lo único que alumbraba aquella
tétrica escena. Colocaron a la joven en medio de ellos y su captor pretendió
desvestirla con abrumadora violencia mientras los demás alzaban canticos en una
lengua ya muerta, pero ella consiguió liberarse de las vastas manos del hombre,
con tan mala suerte de caer al suelo. La chica se apresuró a ponerse en pie,
mas una sexta silueta apareció con un cuenco en una mano y algo que relucía en
la derecha. Se quedó mirándolo, absorta, tenía miedo pero cuando se unió a los
cánticos su voz era agradable al oído y suave como el sonido de la brisa. Se
quedó inmóvil, cautivada por aquel sonido.
Quien la hubo dejado escapar volvió a agarrarla, esta vez de
ambas muñecas y el de la voz cautivadora se acercó colocando lo que portaba en
la mano derecha, una daga, contra el cuello de la niña y debajo, de él, el
cuenco. El silencio se hizo en la boca de todos los presentes y él susurró una
estrofa de forma pausada y perfectamente audible para la niña, pero ella era
incapaz de comprender el idioma. Al articular la última letra, hizo un rápido gesto con el cuchillo y acabó con
la noche de terror que hubieron causado a la joven.
Aquella fue el primer asesinato en aquella finca, sin
embargo, no se trató del último, pues le continuaron cuatro asesinatos de jóvenes
vírgenes más, cada cual fue torturada y sacrificada con más brutalidad que la anterior.
La leyenda cuenta que los espíritus de aquellas víctimas quedaron atrapados
entre aquellas cuatro paredes y, al no encontrar su descanso eterno, atormentaron
a la familia Larios, hasta el punto de llevar al Marqués de Larios a la locura. No contentas con ahuyentar a
cualquier familia que haya vivido en aquella hacienda, atormentan a todo aquel
que ose entrar en su morada.
Fuentes:
25 de diciembre de 2015
Criaturas y leyendas - Krampus
Los habitantes se ilusionan por las fiestas que se acercan,
por las cenas en familia y la visita de Santa Claus, aquel hombre tan bondadoso
vestido con un abrigo de colores verdes, blancos y de bordes dorados que trae
regalos a los niños buenos. Sin embargo, no es el único visitante de la
navidad, esta noche, la del día cinco de diciembre, viene un caminante poco común
por estos lares, su nombre es Krampus. Él no tiene un simpático gorro, lleva en
su cabeza unos cuernos retorcidos hacia atrás; no lleva abrigo, su negro pelaje
le cubre el cuerpo; no calza botas, pues sus pezuñas no se lo permiten; su
barba no es larga ni blanca, es negra como carbón y recortada en forma de pico.
Se desliza como una sombra de casa en casa, habitación por
habitación, portando un enorme saco a su espalda ¿Qué trae en él? ¿Regalos? No
trae regalos, es más, no trae nada en su saco. Pero sí se lleva de las casas
que visita algo en él. ¿Qué se lleva? En él se lleva a los niños que han sido malos, para darles un nuevo cobijo.
En el infierno.
Así que si has sido malo este año, este cinco de diciembre, cierra puertas y
ventanas, y reza para que no te encuentre.
12 de septiembre de 2015
Criaturas y leyendas - Wendigo
Los pueblos amerindios han callado lo que ya hace siglos
hubo pasado, ocultando la siguiente
historia, que para ellos se convirtió en
tabú.
Hace mucho tiempo, al sur de lo que hoy en día se conoce
como Quebec, vivían los algonquinos, una tribu de indígenas compuesta en su
totalidad de orgullosos y diestros cazadores. Allá por los meses de inviernos
los cazadores más destacados se adentraban en el gélido bosque en busca de un
buen ejemplar de wapití macho (la especie de ciervo de mayor tamaño, autóctono
de Canadá) para realizar un sacrificio en honor a sus dioses.
En el período de la caza, arremetió contra los hombres una
terrible ventisca que hizo que dos de ellos se separasen del grupo y se
perdiesen en las profundidades del boscoso terreno. Dos, tres e incluso cuatro
días pasaron los dos desventurados compañeros caminando casi sin fuerzas, ni
comida, hambrientos, ni tan siquiera una gota de agua con la que saciar sus
resecas gargantas. En la caminata sin rumbo el más joven se desplomó, desmayado,
en el suelo. Su compañero lo agarró de una de sus extremidades y lo arrastró,
como pudo, hasta el interior de una oscura cueva. En la cual encendió un fuego
y acercó al desfallecido guerrero a calentarse, pero ya era tarde, el joven no
respiraba, ya no notaba el subir y bajar de su pecho. Sabía que el destino le
deparaba la misma suerte. Le aterraba la muerte. Aquella idea lo
enloqueció. Cogió su cuchillo de caza y abrió el pecho del cadáver por la
mitad, comió de su corazón, ya no tuvo más hambre; bebió de su sangre, ya no
tuvo más sed.
Del interior de la cueva emergió un gran animal con cuernos
en forma de la copa de un árbol seco, con un pelaje de color castaño, era su
presa, era el wapití. Se acercó al
animal, el cazador tenía unos ojos que hipnotizaba al ciervo. Ya no necesitaba
armas para acabar con su vida, puesto que tenía la fuerza de dos hombre; ya no
temía a la muerte, puesto que lo que
habitaba en su corazón ya no era humano, era salvaje, su locura lo había
convertido en un depredador (el gran cazador de la naturaleza).
Se puso del wapití su cráneo como corona y su pelaje como
manto; y, según las leyendas de los algonquinos, los dioses lo castigaron por
su acto de canibalismo. Sus manos se convirtieron en afiladas garras, sus
piernas en ágiles patas, sus oídos en puntiagudas orejas capaces de distinguir
un susurro a poco menos de un kilómetro de distancia y sus dientes en colmillos
con los que despedaza la carne humana y fue condenado a comer solamente carne
humana y a beber sangre de los que antes eran sus iguales.
Ahora su presa son los excursionistas que se atreven a
entrar en su bosque. Les hace sentir el
miedo tras sus espaldas, susurrando sus nombres con una voz gutural, para que huyan hacia la parte más profunda y oscura
del bosque para, allí, hacerse con sus poderosos corazones y su saciante sangre.
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