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17 de diciembre de 2017

Criaturas y leyendas - El triángulo de los suicidas

El sol brillaba con fuerza mientras Luis se entretenía vareando olivos. El joven alcalaíno golpeó las ramas de uno de los árboles con desgana y recogió las uvas que se habían caído al suelo. Se acarició la frente perlada de sudor mezclada con suciedad, se sentó bajo la sombra del árbol para descansar un poco antes de continuar. Parecía muy a gusto, tanto que, poco a poco, fue cerrando los ojos y se quedó profundamente dormido.

El ambiente había enrarecido, nubes oscuras se abalanzaron sobre todo el campo, apagando aquella claridad primaveral. El muchacho se despertó al notar un repentino aire frío que empezaba a helarle la punta de la nariz y de las orejas. Se frotó enérgicamente los brazos en busca de calidez, sin embargo solo le sirvió para descubrir que las yemas de los dedos ya no eran capaces de percibir el tacto. No comprendía como de un día tan caluroso había pasado a un día típico de enero. Echó un vistazo a su alrededor, todo cuanto veía había cambiado a una tonalidad morada.

Se levantó y dispuesto a coger el cesto en el cual había guardado las uvas que había recogido, se quedó petrificado al oír un ruido extraño. Lo cierto es que Luis lo único en lo que estaba pensando era guardar lo recogido y entrar cálida casa, no obstante, otra idea le invadió, alguien podría haberse colado en sus terrenos para robar, aprovechando la ausencia de su padre y sabiendo que él haría más bien poco.

 A simple vista parecía el campo tranquilo, prestó un momento de atención por si oía algún otro ruido. No oyó nada más, sin embargo no se quedó tranquilo. Llevó el recipiente de uvas junto con las demás y decidió darse una vuelta por el terreno, a fin de buscar algún indicio de que alguien o algún animal hubiesen entrado.

26 de octubre de 2017

Criaturas y leyendas - El hombre lobo de Bedburg

En aquella noche el odio y el miedo se entremezclaban en la iglesia del pequeño pueblo alemán de Bedburg. Peter Stumpp, el acusado, inclinó la cabeza hacia atrás y olisqueó el aire.
-Señor Stumpp, ha matado a decenas de víctimas. Muchas de ellas eran niños pequeños. ¡¿Cómo ha sido capaz?! -

Peter no cambió la expresión de su rostro - ¿Por qué piensa que fui yo?-
Antes de que el sacerdote pudiera continuar, se levantó uno de los aldeanos y encendido empezó a vociferar - ¡Sabemos lo que eres! ¡Eres un asesino!-

-¡Schneider, guarde silencio!- ordenó el clérigo con una fuerza atronadora. Cuando el señor Schneider volvió a su asiento, prosiguió – Algunos de los que aquí nos encontramos hemos contemplado la escalofriante escena que ha dejado en su casa. Ha despedazado a su propio hijo. Y no sólo a él, hemos encontrado una trampilla en la que escondía restos humanos. Restos de lo que antes fueron nuestros vecinos y amigos, nuestros hermanos y hermana, madres e hijos.

Por toda la sala se desencadenó una oleada de llantos, improperios e incluso de plegarias.

-¡Monstruo! – gritó de nuevo Schneider.

-¡Eres una abominación! – añadió el leñador del pueblo.

-Ahora confiese – continuó - ¿Por qué lo hizo?

-¿Por qué lo hice? No lo entenderíais.-

-No, no lo entendemos, es por eso que lo diga ante el pueblo y ante Dios para ser juzgado- proclamó  el sacerdote

-Está bien, si así lo queréis. Sí, fui yo quien los mató, es más, los devoré. Lo hice porque tenía hambre.

Se hizo el silencio, la multitud se quedaron pálidos y mudos, parecían muertos en vida. Nadie atrevió a hablar, solamente se oía el viento entrando por los agujeros del destartalado edificio.

Stumpp giró la cabeza e hizo un barrido general con la mirada, entonces rompió aquel aterrador silencio – Como ya he dicho, no es por diversión, es por necesidad. Tenía que alimentarme.
El viejo clérigo salió de su letargo mental - ¡Necesidad! Nadie necesita comer la carne de su hermano.

-Yo sí. Recordáis hace veinte años cuando por poco muero por culpa de aquella terrible fiebre, llevado casi a la locura anduve como pude al interior del bosque y allí me encontré al Diablo.

25 de septiembre de 2016

Criaturas y leyendas - El devorador de sueños

La joven Yuki abrió los ojos en mitad de aquella noche, aún se encontraba cansada del día anterior y le parecía extraño haberse despertado de madrugada con el sueño tan profundo que suele tener de uno de tantos días agotadores. ‘Volveré a dormirme’ se dijo a sí misma, pero le era del todo imposible cerrar los ojos, es más, se dio cuenta de que  tan siquiera parpadeaba. ‘¿Qué raro?’ Intentó incorporarse en su cama con sábanas de tonos azulados, pero le fue del todo imposible, ni las piernas ni los brazos le respondían, estaba totalmente inmóvil. Como paralizada. ‘¡¿Qué me pasa?!’

Oyó un crujido y por el rabillo del ojo vislumbró una sombra que cruzó la habitación fugazmente. Una figura oscura le oprimía el pecho, era bastante pesado. Con dificultad bajó la mirada y al ver aquello su frente se perló de ese sudor frío que sólo se produce cuando alguien está aterrorizado. La
respiración empezó a agitarse, lo que provocó más presión en su torso debido al vaivén de pecho. Si hubiese podido gritar, se hubiera quedado gritado hasta quedarse afónica. Era un ser negro, de ojos amarillos y lengua viperina. Como el ser cuyos cuentos le contaba, de pequeña, su abuela. Su abuela le contaba que había un demonio que se colaba en habitaciones por las noches, paralizaban a quienes allí dormían y succionaba su vigor hasta dejarlos sin un ápice de vida.


Aquel ser se relamía y rasgaba con sus sucias garras el pecho de la mujer, provocando unos sonidos sobrecogedores que pondrían la piel de gallina a cualquiera. Al día siguiente sus padres encontraron horrorizados a su hija, petrificada, sin vida y sus sábanas habían adquirido un color morado fuerte, debido al rojo oscuro de su sangre

6 de marzo de 2016

Criaturas y leyendas - El Cortijo Jurado

Eran finales del siglo XIX, María estaba encerrada con llave en una de las habitaciones del sótano. Tras horas de gritos sobrecogedores y de llantos ahogados, tenía un dolor persistente en la garganta y las lágrimas que le habían caído por su infantil rostro se habían secado, haciendo visible trazos salinos, que partían desde sus ojos irritados. Sin embargo no desistió en la tarea de pedir auxilio. Lo que ella desconocía que la hacienda de sus captores estaba situada a varios kilómetros al este del núcleo urbano de Málaga. Por lo que nadie más que los apresadores eran capaces de oír tanto temor. El sufrimiento de la pequeña era música melodiosa para sus oídos, se deleitaban con ello.


Por los pasillos de la casa resonaba un reloj de pie que daban las once menos cuarto. Desde el otro lado, alguien empezó a trastear la puerta. La chica se encogió en una de las esquinas de la habitación, de tal forma que la cara era tapada por sus propias rodillas y una cascada de cabellos color pardo. Ya no se oyeron más sonidos metálicos de la cerradura, la niña apretó las rodillas contra su pecho e hizo un llanto sordo. Una silueta con una túnica y una capucha del color de la noche se le acercó y la levantó con brusquedad del brazo.  La arrastró por un pasillo hasta llegar a una amplia sala, aunque la chica se resistió, el encapuchado, que parecía ser un hombre, poseía más fuerza que ella y eso sólo le sirvió para que él le oprimiera más firmemente de la muñeca.

En la sala se encontraban cuatro encapuchados más, todos dispuestos alrededor de un geométrico símbolo dibujado en el suelo. Cada uno de ellos portaba un cirio oscuro encendido, que era lo único que alumbraba aquella tétrica escena. Colocaron a la joven en medio de ellos y su captor pretendió desvestirla con abrumadora violencia mientras los demás alzaban canticos en una lengua ya muerta, pero ella consiguió liberarse de las vastas manos del hombre, con tan mala suerte de caer al suelo. La chica se apresuró a ponerse en pie, mas una sexta silueta apareció con un cuenco en una mano y algo que relucía en la derecha. Se quedó mirándolo, absorta, tenía miedo pero cuando se unió a los cánticos su voz era agradable al oído y suave como el sonido de la brisa. Se quedó inmóvil, cautivada por aquel sonido.

Quien la hubo dejado escapar volvió a agarrarla, esta vez de ambas muñecas y el de la voz cautivadora se acercó colocando lo que portaba en la mano derecha, una daga, contra el cuello de la niña y debajo, de él, el cuenco. El silencio se hizo en la boca de todos los presentes y él susurró una estrofa de forma pausada y perfectamente audible para la niña, pero ella era incapaz de comprender el idioma. Al articular la última letra, hizo  un rápido gesto con el cuchillo y acabó con la noche de terror que hubieron causado a la joven.


Aquella fue el primer asesinato en aquella finca, sin embargo, no se trató del último, pues le continuaron cuatro asesinatos de jóvenes vírgenes más, cada cual fue torturada y sacrificada con más brutalidad que la anterior. La leyenda cuenta que los espíritus de aquellas víctimas quedaron atrapados entre aquellas cuatro paredes y, al no encontrar su descanso eterno, atormentaron a la familia Larios, hasta el punto de llevar al Marqués de Larios a la locura. No contentas con ahuyentar a cualquier familia que haya vivido en aquella hacienda, atormentan a todo aquel que ose entrar en su morada.



Fuentes: 





25 de diciembre de 2015

Criaturas y leyendas - Krampus

Ding, ding, ding… resuenan las últimas campanadas, el reloj marca las doce. Un manto negro, a la vez que rasgado por las nubes de tonalidades más claras, cubre aquel pueblecito de montaña, normalmente callado y oscuro, pero en esta ocasión se reflejaba en la nieve un arcoíris con un sinfín de colores. Aunque faltan dieciocho días para la celebración de Noche Buena, ya se respiraba un ambiente navideño; ya relucen los farolillos y centellean las luces, las gentes tararan por las calles aquellos villancicos que les hace dibujar una sonrisa en el rostro, algún que otro abeto ya ha recorrido su camino desde el bosque hasta su nuevo hogar.

Los habitantes se ilusionan por las fiestas que se acercan, por las cenas en familia y la visita de Santa Claus, aquel hombre tan bondadoso vestido con un abrigo de colores verdes, blancos y de bordes dorados que trae regalos a los niños buenos. Sin embargo, no es el único visitante de la navidad, esta noche, la del día cinco de diciembre, viene un caminante poco común por estos lares, su nombre es Krampus. Él no tiene un simpático gorro, lleva en su cabeza unos cuernos retorcidos hacia atrás; no lleva abrigo, su negro pelaje le cubre el cuerpo; no calza botas, pues sus pezuñas no se lo permiten; su barba no es larga ni blanca, es negra como carbón y recortada en forma de pico.
Se desliza como una sombra de casa en casa, habitación por habitación, portando un enorme saco a su espalda ¿Qué trae en él? ¿Regalos? No trae regalos, es más, no trae nada en su saco. Pero sí se lleva de las casas que visita algo en él. ¿Qué se lleva? En él se lleva a los niños que  han sido malos, para darles un nuevo cobijo. En el infierno.


Así que  si has sido malo este año, este cinco de diciembre, cierra puertas y ventanas, y reza para que no te encuentre.

12 de septiembre de 2015

Criaturas y leyendas - Wendigo

Los pueblos amerindios han callado lo que ya hace siglos hubo pasado, ocultando la siguiente
historia, que para ellos se convirtió en tabú.

Hace mucho tiempo, al sur de lo que hoy en día se conoce como Quebec, vivían los algonquinos, una tribu de indígenas compuesta en su totalidad de orgullosos y diestros cazadores. Allá por los meses de inviernos los cazadores más destacados se adentraban en el gélido bosque en busca de un buen ejemplar de wapití macho (la especie de ciervo de mayor tamaño, autóctono de Canadá) para realizar un sacrificio en honor a sus dioses.

En el período de la caza, arremetió contra los hombres una terrible ventisca que hizo que dos de ellos se separasen del grupo y se perdiesen en las profundidades del boscoso terreno. Dos, tres e incluso cuatro días pasaron los dos desventurados compañeros caminando casi sin fuerzas, ni comida, hambrientos, ni tan siquiera una gota de agua con la que saciar sus resecas gargantas. En la caminata sin rumbo el más joven se desplomó, desmayado, en el suelo. Su compañero lo agarró de una de sus extremidades y lo arrastró, como pudo, hasta el interior de una oscura cueva. En la cual encendió un fuego y acercó al desfallecido guerrero a calentarse, pero ya era tarde, el joven no respiraba, ya no notaba el subir y bajar de su pecho. Sabía que el destino le deparaba la misma suerte. Le aterraba la muerte. Aquella idea lo enloqueció. Cogió su cuchillo de caza y abrió el pecho del cadáver por la mitad, comió de su corazón, ya no tuvo más hambre; bebió de su sangre, ya no tuvo más sed.

Del interior de la cueva emergió un gran animal con cuernos en forma de la copa de un árbol seco, con un pelaje de color castaño, era su presa, era el wapití. Se acercó  al animal, el cazador tenía unos ojos que hipnotizaba al ciervo. Ya no necesitaba armas para acabar con su vida, puesto que tenía la fuerza de dos hombre; ya no temía a la muerte,  puesto que lo que habitaba en su corazón ya no era humano, era salvaje, su locura lo había convertido en un depredador (el gran cazador de la naturaleza).

Se puso del wapití su cráneo como corona y su pelaje como manto; y, según las leyendas de los algonquinos, los dioses lo castigaron por su acto de canibalismo. Sus manos se convirtieron en afiladas garras, sus piernas en ágiles patas, sus oídos en puntiagudas orejas capaces de distinguir un susurro a poco menos de un kilómetro de distancia y sus dientes en colmillos con los que despedaza la carne humana y fue condenado a comer solamente carne humana y a beber sangre de los que antes eran sus iguales.


Ahora su presa son los excursionistas que se atreven a entrar en su bosque. Les hace sentir el miedo tras sus espaldas, susurrando sus nombres con una voz gutural, para que huyan hacia la parte más profunda y oscura del bosque para, allí, hacerse con sus poderosos corazones y su saciante sangre.