10 de octubre de 2015

Letras de libertad

Entre finos barrotes veo cómo mi vida pasa,
pasa tan lenta como el agua que se estanca.

Mis segundos se vuelven horas,
mis horas se tornan en semanas,
sin un objetivo claro mis alegrías me abandonan

Tan desesperado estoy que
suplico clemencia,
lloro para mi indulgencia.

Y mi carcelero
se mofa de mis ruegos,
eso me derrumba.
Siento que me muero.

Cuando mi vida ya no daba a más,
de mi garganta empezaron
dulces melodías a brotar.

Con letras que inspiraban libertad,
esas letras se empezaron a amotinar.

Y aunque mi carcelero
se mofe de mis sonatas
no me volveré a derrumbar.

“Yo soy convicto.
Yo soy un pájaro enjaulado.
(Y, con lágrimas en los ojos, digo)

 Ya nunca más me verás arrodillado.”

12 de septiembre de 2015

Criaturas y leyendas - Wendigo

Los pueblos amerindios han callado lo que ya hace siglos hubo pasado, ocultando la siguiente
historia, que para ellos se convirtió en tabú.

Hace mucho tiempo, al sur de lo que hoy en día se conoce como Quebec, vivían los algonquinos, una tribu de indígenas compuesta en su totalidad de orgullosos y diestros cazadores. Allá por los meses de inviernos los cazadores más destacados se adentraban en el gélido bosque en busca de un buen ejemplar de wapití macho (la especie de ciervo de mayor tamaño, autóctono de Canadá) para realizar un sacrificio en honor a sus dioses.

En el período de la caza, arremetió contra los hombres una terrible ventisca que hizo que dos de ellos se separasen del grupo y se perdiesen en las profundidades del boscoso terreno. Dos, tres e incluso cuatro días pasaron los dos desventurados compañeros caminando casi sin fuerzas, ni comida, hambrientos, ni tan siquiera una gota de agua con la que saciar sus resecas gargantas. En la caminata sin rumbo el más joven se desplomó, desmayado, en el suelo. Su compañero lo agarró de una de sus extremidades y lo arrastró, como pudo, hasta el interior de una oscura cueva. En la cual encendió un fuego y acercó al desfallecido guerrero a calentarse, pero ya era tarde, el joven no respiraba, ya no notaba el subir y bajar de su pecho. Sabía que el destino le deparaba la misma suerte. Le aterraba la muerte. Aquella idea lo enloqueció. Cogió su cuchillo de caza y abrió el pecho del cadáver por la mitad, comió de su corazón, ya no tuvo más hambre; bebió de su sangre, ya no tuvo más sed.

Del interior de la cueva emergió un gran animal con cuernos en forma de la copa de un árbol seco, con un pelaje de color castaño, era su presa, era el wapití. Se acercó  al animal, el cazador tenía unos ojos que hipnotizaba al ciervo. Ya no necesitaba armas para acabar con su vida, puesto que tenía la fuerza de dos hombre; ya no temía a la muerte,  puesto que lo que habitaba en su corazón ya no era humano, era salvaje, su locura lo había convertido en un depredador (el gran cazador de la naturaleza).

Se puso del wapití su cráneo como corona y su pelaje como manto; y, según las leyendas de los algonquinos, los dioses lo castigaron por su acto de canibalismo. Sus manos se convirtieron en afiladas garras, sus piernas en ágiles patas, sus oídos en puntiagudas orejas capaces de distinguir un susurro a poco menos de un kilómetro de distancia y sus dientes en colmillos con los que despedaza la carne humana y fue condenado a comer solamente carne humana y a beber sangre de los que antes eran sus iguales.


Ahora su presa son los excursionistas que se atreven a entrar en su bosque. Les hace sentir el miedo tras sus espaldas, susurrando sus nombres con una voz gutural, para que huyan hacia la parte más profunda y oscura del bosque para, allí, hacerse con sus poderosos corazones y su saciante sangre.

12 de julio de 2015

Las cuatro etapas de la humanidad (juventud)

Te vi convertirte en un joven rebelde
a quien el dinero y poder enardecen.

Ya no veía a la dulce criatura,
sino a un avaro
a quien el poder consumía
y llevaba al desamparo.

Una parte de ti moría
a causa de tus maldades,
de tus principios deleznables.

Luchando contra tu propio ser
luchando contra lo que creé.

Cuando te percataste de tu mal
era tarde,
ya te hiciste bastante mal.

Siglos de aprendizaje
destruidos por tu pretensión,
Tu pretensión de aniquilación
descubriste por las malas
lo que el mal atañe.

Cosa que tardaste
en enmendar
un tiempo considerable.

           

20 de mayo de 2015

Feliz fraternidad

Recuerdos de tu niñez
a mi memoria llegan,
no imaginaba que tan veloz crecieras,
pasando de niña a mujer.


En ti se ha hecho mella,
entre amor y dulzura, la madurez,
entre sonetos y rimas, la brillantez
capaz de superar a las estrellas.


Mi boca deletrea prima,
mas, mi corazón, grita hermana,
al tiempo en que me acaricia una suave brisa.


Mujer, entre otras, apreciada,
capaz de escalar la cima de la vida
tan solo con el azul de tu mirada.


Para finalizar este verso
te deseo toda la felicidad
y ,como hermano te dono un beso.


1 de mayo de 2015

Las 4 etapas de la humanidad (infancia)


En el instante en el que te vi nacer
sentí que eras diferente a los demás,
supe que maravillas podrías llegar a hacer,
de entre los demás tú eras especial.

Comenzaste en la nada a nadar,
en la orilla saliste a respirar,
de reptar a caminar,
de desnudo a tener un manto peludo,
entre brincos, carreras y risas eras el más suertudo.

Te abriste a mi abrazo,
como si fuese sol para tu crecer,
como si fuese brisa para tu agrado.

A bípedo erguido te tornaste
a lo que a posteriori se conoció
con bastante retintín como evolución.

Sonriente me acuerdo cuando hiciste amigos
de otras razas, de otros lugares.
De tu sociabilidad encontraba atisbos.
Encantado de verte aprender
a leer, a amar,
a soñar, a saber,
y recordar a nadar.

Mas seguiste avanzando,
aprendiendo,
descubriendo,
a los demás con recelo acechando.


                 




6 de abril de 2015

De los animales aprendimos

Del lobo aprendimos a cazar;
del castor, a construir;
del ruiseñor, a cantar.

Somos lo que aprendemos
y lo que hacemos con ello.


Del águila aprendimos a volar;
de la araña, a tejer;
del pez, a nadar.

Ellos son nuestros verdaderos maestros.

De la vaca aprendimos a alimentar;
de las hienas, a reír;
de los tórtolos, a amar.

Sin embargo, aún no entiendo…
¿De quién aprendimos a odiar?
¿A conquistar? ¿Y a encadenar?